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Ana Cibanik |
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Cuando Ana se disponía a trabajar, yo buscaba un lugar cómodo y apreciaba grandemente aquel momento. Ella traía sus pinceles, plumillas, lápices, tinteros y aquellos papeles blancos tan cuidadosamente guardados.
Me embelesaba la sutileza con la que tomaba los instrumentos y planteaba sus trabajos, pasaban las horas en la casita de la Avenida Patria sur y en las hojas de Ana iban apareciendo animales raros, trazados con sorprendente síntesis, aves gordas o alargadas, jirafas, elefantes y hasta la cotidiana vaca adquiría estilizaciones inesperadas.
La forma de sus cuerpos era el contorno, pero en su interior aparecían en fina elaboración, infinidad de bordes llenos de figuras geométricas y formas abstractas que en su repetición sugerían movimientos cinéticos.
Los contrastes del claroscuro y los volúmenes cadenciosos llevaron aquellos laboriosos dibujos a ocupar el primer lugar en el concurso del Normal Superior Dr. Agustín Garzón Agulla, lo cual no era decir poco, ya que mi querido colegio y sobre todo en aquellos años, era un hervidero de talentos.
Compartía con Ana, clases de cerámica en el taller de Delia Sanmarti y Armando Ruiz y allí también extendí mi contemplación, mi admiración por aquellas manos que les daban a las estecas, el mismo tratamiento que yo veía en sus plumillas, lápices, gubias, en todo lo que ella tocaba para dar forma a sus imágenes recurrentes, animales, niñas con flores en las manos y seres abstractos no menos expresivos y cargados de ternura, de la ternura de Ana.
Después Ana se fue a vivir a París, allá nació Maximilien, su primer hijo, quien hoy vive en Canadá. Allá en París Ana estudió en la Ecole d`Àrt de la Universidad de Vincennes. Sus cartas llegaban a Córdoba siempre pobladas de dibujos. Ella volvió a su ciudad para incorporarse a la Universidad de Córdoba, dedicándole tres años al estudio de pintura y escultura en la Escuela de Arte.
Ana volvió a viajar, eran años de inseguridad y persecuciones. Ella y su compañero, Rodolfo, recibieron la ayuda del gobierno de Israel y allá fueron. Ana, viviendo en Beer Sheva, se dedicó a la reconstrucción de piezas arqueológicas en papel para la Universidad Ben Gurión. Allá, entre el Mar Muerto y las alturas del Golán nació Celeste, hoy especialista en diseño.
De Israel vino a Venezuela con su familia y sus mismos sueños, con la energía que contagia este hermoso país que mira al mundo desde el mar Caribe y que reparte en su millón de kilómetros cuadrados, costas, montañas, llanuras y sabanas, deltas y selvas, ríos, valles, médanos y una geografía humana inagotable.
Aquí cursó estudios de cerámica con la talentosa Cristina Araujo en la Universidad de Carabobo. Se fue a Caracas a perfeccionar la técnica del esmalte para cerámica con el artista Cándido Millán, mientras abordaba el "Diseño" en el Instituto Brimen de Valencia. En esta ciudad nació Matías, su tercer y último hijo, quien cursa su último año de secundaria.
Su primer contacto con lo que hoy la ocupa, es decir la luz y el vidrio, fue gracias a los especialistas en lámparas Tiffany Luis Rodríguez y Shilak Shamti. Perfeccionó el vitral con cañuela emplomada con Rocío Contreras. Cursó la técnica del repujado sobre metales con Alba Ribarz y la Vitro-fusión con Nancy Bracho y Jose Gabriel Gonzalez Lopez.
Ana ha expuesto sus trabajos en los Espacios Abiertos del Ateneo de Caracas. Mantiene piezas de variadas técnicas en la Galería de Arte "El Caracol Azul", ha realizado el diseño y producción de vitrales que hoy se exhiben en las casas de importantes familias de Valencia así como para la Iglesia Adventista de Maracay, estado Aragua.
Siempre me ha deleitado ver a Ana trabajando, porque lleva consigo la pasión por el dibujo y extiende ese sentimiento a los objetos que la rodean, a sus herramientas y equipos. Una vez ella me dijo "Amo la luz y el vidrio porque se complementan, porque nos transforman el mundo ofreciéndonos colores y movimientos llenos de transparencias cambiantes"
Ana, mi hermana, descubrió la pasión por el vidrio y esa pasión llena sus días y llena de colores transparentes a quienes la rodean.
La antigua técnica de unir vidrios llena a Ana de sensaciones y alegrías y hoy sus líneas realizadas con el estaño son como aquellas líneas que de niña realizaba con sus plumillas, delicadísimos trazos de lápiz o pincel delineando contornos de magia y poesía.
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| Daniel Di Mauro |
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