Cuando Ana se disponía a trabajar, yo buscaba un lugar cómodo y apreciaba grandemente aquel momento. Ella traía sus pinceles, plumillas, lápices, tinteros y aquellos papeles blancos tan cuidadosamente guardados.
Me embelesaba la sutileza con la que tomaba los instrumentos y planteaba sus trabajos, pasaban las horas en la casita de la Avenida Patria sur y en las hojas de Ana iban apareciendo animales raros, trazados con sorprendente síntesis, aves gordas o alargadas, jirafas, elefantes y hasta la cotidiana vaca adquiría estilizaciones inesperadas. |